Orwell en Gran Hermano

Como para salir de este silencio navideño (¡silenci!) y sacudir el letargo. Como para palpitar la salida de la nueva GataFlora…

Cuelgo, completo, el artículo que escribí para el número anterior. Una cruel apuesta argumentativa que apunta a “ganar por cansancio”.

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ORWELL en GRAN HERMANO

Muchos lectores pidieron política en Gata Flora. Por eso les presentamos a un observador que se encargará de desmenuzar cuestiones “macro”, a partir de pequeños disparadores. La idea es seguirlo por las calles del mundo para ver, a través de sus ojos, cómo las políticas afectan a las sociedades. Para empezar, sonríe porque en Barcelona lo están filmando.

Salgo del bar irritado. Y me deslizo, me oculto. Quizá sea el café que estaba frío. Aunque lo cierto es que siempre está frío. Se ve que el chino que lo prepara solo toma té. Pero esto no explica mi rabia. Más probable es que tenga que ver con otro de mis hábitos matinales: leer el diario. Hace días, además, que vengo buscando noticias interesantes o impactantes y no aparecen. Me encargaron un artículo y ya es hora de ponerme a escribir…

Pego un portazo y salgo con la esperanza de calmarme y observar lo que sucede a mi alrededor. Cruzo la calle por el medio, esquivando un par de autos, y espero que pase el tercero. Reflexiono: no todo era mierda en el diario de hoy, estaba esa nota sobre los espías de Scotland Yard asignados a vigilar a George Orwell.

Muy básicos en sus nociones de “izquierda” y “derecha”, querían colgarle la etiqueta de “comunista”. Listos para caerle encima, se encontraron con la oposición del MI5, un órgano de contraespionaje británico. Se conocieron algunos detalles del intercambio de los voyeurs de ambos organismos. Los MI5, muy educados, pidieron calma: no había por qué confundir el comportamiento “anticonformista” con la hoz y el martillo. De hecho ajustaron la definición: “comunista no ortodoxo”.

A menudo recuerdo 1984, páginas leídas hace tiempo. Y pienso: “podría hablar de 1984 en el artículo”. Pero dudo: “¿Para decir qué? ¿Hablar de un ‘mundo controlado’? ¿De la falta de espacio para la ‘decisión individual’? ¿Y qué?” Paro en el semáforo y descarto la idea: me niego a caer en el cliché. Me conformaré con haberme enterado de que el verdadero nombre de Orwell era Eric Blair.

Vuelvo a abrir el diario en la página 29. Un tipo me putea: cometí el terrible pecado de frenar en medio de la “vía circulatoria” (la vereda). Me corro para el boulevard y vuelvo a leer la nota que, en realidad, es un “reportaje”… Recuerdo, entonces, cuando vivía en la Argentina y creía que “reportaje” era lo mismo que “entrevista”. Entre risas, corroboro que vivir en España no solo me pulió en el uso estricto del “castellano”, sino que también me ha llevado a caminar por donde “se debe”.

Al igual que Orwell, yo también vine a Barcelona. Sus motivaciones fueron humanitarias (o no se sabe); las mías, no se sabe. El vino a luchar contra el franquismo; y yo, quizás, persiguiendo la estela que el mismo Orwell me grabó con su Homenaje a Cataluña. Vine a la ciudad en que “nadie decía señor, o don; tampoco usted”. Barcelona en ebullición. La de los murales que “lanzaban sus llamaradas en límpidos rojos y azules, frente a los cuales los pocos carteles de propaganda restantes semejaban manchas de barro”; El lugar en que los peatones sentían “haber entrado de pronto en una era de igualdad y libertad”. Donde los seres humanos trataban de “comportarse como seres humanos y no como engranajes”, según las palabras del escritor británico.

Una ciudad libertaria que él, sin embargo, vio desvirtuarse. Se fue luego de haber recibido un tiro en el cuello. Más tarde escribiría que en Barcelona el poder se volvía a revestir. La crítica se esfumaba. Setenta años después, yo no encontré aires revolucionarios. Ni siquiera al principio noté ebullición. Me crucé con gente que levantaba el índice y explicaba que la convivencia no tenía que ver con la tolerancia, sino con el “civismo”. Que la tolerancia era “pura soberbia”. Caí en tiempos de ordenanzas esquizofrénicas que dejaron los bares en silencio; o que quieren censurar mendigos; mandar a su casa a “skaters” y “cirqueros”; sacar la música de la calle; poner cámaras por todos lados…

Mientras bajo al andén del metro pienso que me volverán a ver. Lo de “pensar” dura poco; empieza el tiempo de responder. Mi mente cae bajo tierra, tronada por los altavoces que repiten y repiten: “En el Metro está prohibido fumar” (“Ay, por favor, si ya vi los carteles por todos lados”); “Está totalmente prohibido bajar a la zona de las vías” (“Uf, qué tortura…Ooooobvio que no voy a bajar a la zona de las vías; y, si quisiera hacerlo, no me disuadiría la multa”); Para su seguridad, esta estación está dotada de cámaras de video-vigilancia”.

Sí, bueno, Orwell podría ser un buen disparador para decir algo de la vigilancia invasiva, de las no-personas, de las respuestas para todo, de la cobardía. “Los carteristas esperan su desatención, cuide sus pertenencias en todo momento” (“Ya basta, ¿por qué no avisan, también, que hay que prestarle atención a los avisos?”). Lamentablemente me tengo que poner el mp3. Escuchar lo que nadie más en este andén escucha.

Vuelvo a Orwell. Supongo que él vino a Catalunya y yo vine a Europa…Veo el vagón como un no-lugar de cualquier otro lugar. Un objeto sostenido por imágenes y no por ideas. De hecho, sin cerrar los ojos, podría estar en el Metro de Londres. Me pregunto si ahí me sentiría menos persona; me pregunto si todos sus estímulos podrían compensarlo.

Recuerdo cuando, unos veinte años después de 1984, otro Blair (el zorro de Tony) proponía al mundo nuevas leyes de carácter político y ampliaba las competencias policiales. En Inglaterra, la policía tendría el derecho, sin orden judicial, de leer (en tiempo real) los correos electrónicos que se enviaban. También de encerrar por 28 días, sin acusación, a personas consideradas sospechosas de ejecutar “una acción relacionada con el terrorismo”. El ministro del Interior podía imponer el arresto domiciliario de un ciudadano, prohibirle usar el móvil o eliminar su acceso a internet.

“Terrorismo”. Miro al moro sentado al lado mío y me pregunto “¿qué terrorismo?”. Cuando el problema era el IRA (Irish Republican Army), la legislación se centraba en organizaciones concretas o en individuos determinados (brazos políticos, equipo de soporte, etc.). No en el conjunto de la ciudadanía. Pero, tal como está ahora, el campo de aplicación parece muy amplio. O sea, incontrolable. Una persona puede ser declarada terrorista sin sentencia, sólo con un certificado de un miembro del Poder Ejecutivo, que, encima, no está obligado a dar explicaciones.

Así, una detención pasa a ser un simple acto administrativo, basta algún pliego de algún miembro de los servicios secretos. Recuerdo cuando Tony, poco antes de irse a predicar la paz transformado al catolicismo, defendía la ley antiterrorista –Terrorism Act 2006– con sus nuevas figuras delictivas. Por suerte, aún siguen teniendo que explicar qué es eso de la “incitación indirecta”. Por qué ya no sólo no se discute la culpa de quién alienta a los “terroristas”; sino que también, se observa a la personas que se muestran “indiferentes o despreocupadas” frente al “terrorismo” (¿?).

Pisamos el terreno en que es necesario probar inocencia y no demostrar culpabilidad. Ya no importan los objetivos de una frase, sino la interpretación que otros hagan de esas palabras. Se evalúa si la “atmósfera” creada por una declaración es o no “favorable al terrorismo”. Todo esto, desde luego, en nombre de una causa: no poner las libertades civiles de un pequeño número de terroristas por encima de la fundamental libertad civil: la protección del terrorismo (¿?).

Mientras tanto, los ciudadanos británicos desfilan todos los días frente a cuatro millones de cámaras de vigilancia. Y algunos ya vieron el negocio. En Winchester, Inglaterra, una empresa ofrece un nuevo servicio urbano (como la electricidad o el gas): “auto-vigilancia” (self choice surveillance). Se paga una cuota mensual y un equipo de personas –conectadas a un circuito cerrado de televisión– se ocupan de seguir tu recorrido por las calles, comercios y oficinas públicas. Lo que aún no logran es que les pase algo. Pareciera que este servicio solo tiene que ver con cierto status-obsesivo en el que el deseo de consumo supera la ansiedad de protección. Así, los barrios residenciales con “paisajes de seguridad” tienen tarifas más caras que los tradicionales. La estética fortificada ya no es solo funcional, se ha vuelto un signo de distinción social.

Salgo a Barcelona y aparezco frente al Liceu. Subo las escaleras, doblo por una calle angosta y me baña la luz de este lugar que siempre me gustó: la Plaza Orwell. Será que no conozco muchas otras plazas triangulares; será que tiene una de mis terrazas favoritas… Lo cierto es que conforma un punto de encuentro forzoso y, a la vez, un espacio de transición. Parece creada para liberar las tensiones de las calles estrechas que la rodean. Me siento y no me queda más que reírme.

Veo esa cámara en el vértice de Escudellers… Que no está ahí para reemplazar a un policía, está para que imagine a ese policía…Que no me sorprende, me inspecciona…Al lado, se sienta un tipo que imagina que Europa es un tren. Yo cuento hasta diez y no lo miro.  

Y no decimos nada.    

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